#OIDP 2018

Comparto mis palabras en la inaguración de la Conferencia, que tuvo lugar en Barcelona del 25 al 27 de noviembre de 2018.

[Youtube Video]

Buen día a todos y todas. Agradezco la oportunidad de decir unas palabras en la sesión de apertura de la Conferencia del Observatorio Internacional de la Democracia Participativa (la OIDP). Hacerlo me permite dejar unos apuntes en la hoja de ruta que con tanto esmero y esfuerzo ha trazado el equipo del Ayuntamiento de Barcelona, responsable por la organización del evento de la red de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU).

Barcelona es hoy un lugar estupendo para reflexionar sobre los retos que enfrenta la democracia y las estrategias que pueden desarrollarse –unas cuantas ya están en marcha–, para enfrentarlos, revitalizar la política y mejorar la calidad de vida de la ciudadanía. Es así, no porque la ciudad no tenga problemas, más bien ocurre lo contrario. Las presiones son muchas y en frentes de lo más diversos: políticos, económicos, ambientales, sociales, como todos saben, como ocurre en mayor o menor medida en todas las grandes ciudades de cualquier lugar del mundo, fruto en parte de las dinámicas de la globalización, aunque cada una con sus particularidades. La presión urbanística y los retos que plantea la acogida de inmigrantes y refugiados en Europa; la contaminación y la violencia en las ciudades de América Latina; las crecientes desigualdades en todas partes; igual que el hartazgo generado por escándalos de corrupción sin medida; la falta, ineficacia o insuficiencia de los servicios públicos y en particular la salud, la educación, el transporte; la expansión de discursos intolerantes y antiderechos; más los dilemas propios de cada contexto específico.

Barcelona, decía, es un lugar estupendo para pensar en la renovación de la democracia porque es una ciudad abierta, creativa y cargada de entusiasmo. Este encuentro preparado por el gobierno de la ciudad y combinado con Ciudades Democráticas de Madrid y las Jornadas Anuales de Metadecidim, y la presencia de activistas, expertas y representantes de muchos lugares del mundo son pruebas de lo que estoy diciendo. Participarán hoy y mañana personas de 188 ciudades de 57 países de los 5 continentes.

Sin embargo, mi breve introducción no puede ser celebratoria. Las alarmas están encendidas. Hace pocas semanas, en el país que mayor fama global adquirió como laboratorio de la experimentación democrática, Brasil, ganó la presidencia un líder autoritario, racista, machista y homofóbo, con un largo historial político en el que apenas si lo único que destaca son sus exhabruptos. La pregunta que ha dado vueltas con intensidad en los círculos progresistas es ¿qué pasó?, ¿cómo pudo ocurrir, en el país de los multitudinarios presupuestos participativos, de las conferencias públicas, de la “Constitución Ciudadana”? ¿Qué pasó con el capital social y la educación cívica generada por esos procesos? ¿Basta un bombardeo de mensajes por whatsapp para arrasar con la cultura democrática de un país?

Ningún fenómeno social puede explicarse, por una sola causa. No hay respuestas sencillas, tampoco hay fórmulas mágicas. No es este el lugar para discutir sobre lo ocurrido en Brasil. Pero sí creo que es un enorme llamado de atención. Tenemos un problema, es serio, y hay que enfrentarlo. Es necesario y es urgente y una de las claves es la inclusión de la ciudadanía. La inclusión debe ser política, económica y social.

El Observatorio de la Democracia Participativa identifica en la política una estrategia para el cambio a través de la inclusión ciudadana. Este año la conferencia se organiza en tres grandes bloques que se intersectan: la democracia directa, la iniciativa ciudadana y los ecosistemas de democracia inclusiva. Esto es, los mecanismos formales regulados para canalizar la participación ciudadana; el accionar de la ciudadanía, de muy diversas maneras –más o menos formales– para incidir en las decisiones que afectan su vida cotidiana y moldean las características de sus comunidades; y el reconocimiento de la diversidad y de las necesidades específicas como los ejes que definen estos tres bloques.

El programa de talleres, mesas redondas y conferencias es rico en temáticas que incluyen el territorio y lugares físicos –barrios, ciudades, laboratorios– desde los que pensar en la innovación. Pero no todo es nuevo, también se hablará de prácticas antiguas como los consejos de Alava en País Vasco y la autogestión en las comunidades mapuches en Chile. Se reflexionará sobre la participación en contextos difíciles, en las mesas centradas en zonas en conflicto y sociedades divididas. En una mirada rápida al programa destacan conceptos que definen procesos y objetivos: confianza, colaboración, gobernanza, inclusion, aprendizaje, co-creación, bienes comunes. Y abunda, claro, la referencia a mecanismos de participación: iniciativa, referéndum, asambleas ciudadanas, presupuestos participativos, sorteo, crowsourcing.

Mi posición frente a las temáticas que vamos a poner en común durante estos días están moldeadas, como las de todo el mundo, por mi experiencia vital. Como politóloga, feminista, demócrata y sudamericana que vive en Suiza después de haber pasado unos cuantos años por Barcelona, quisiera compartir unas reflexiones finales:

1. La participación es un instrumento: Hace poco una autoridad reacia a introducir mecanismos de participación me pedía un ejemplo de un referéndum que haya evitado un conflicto. El referéndum no evita el conflicto, tampoco lo crea, sí puede servir para canalizarlo, para, idealmente, buscar una respuesta democrática a un conflicto que está ahí per se. Pero se tienen que cumplir unas condiciones para que funcione como un valor democrático: garantizar que se respetará la pluralidad, que se permitirá la decisión informada, que no se utilizará como instrumento arrojadizo amoldado al poder político de turno. Fortalecer esas condiciones es uno de los retos de la agenda de estos días.

2. La democracia directa, en estado puro, no existe. Siempre hay formas de intermediación: la ley fijando las reglas del juego; los partidos políticos, los movimientos sociales, los líderes de opinión y los medios de comunicación contribuyendo a formar la opinión pública; los organismos de control (justicia, organismos electorales) implementando y supervisando (a veces bloqueando) procesos de toma de decisiones. Estas intermediaciones no degradan la participación, por eso es importante mirarlas con la lupa en lugar de negarlas y mejorar su funcionamiento. No mitifiquemos la participación, trabajemos para que sea democrática y contribuya a mejorar la vida de las personas.

3. La política debe permitir el cambio, la ciudadanía puede controlar el poder y abrir la agenda: por eso es central contar con mecanismos apropiados, que permitan ejercer estos roles. Su buen funcionamiento conduce a que ningún actor pueda actuar sin antes negociar con otros, explorar opiniones, buscar soluciones comunes o consensuadas. En Suiza, por ejemplo, la posibilidad de que una ley aprobada por el parlamento sea vetada conduce a que no se aprueben leyes sin antes establecer consensos que incluyen a la sociedad civil. Se dice que cuando se activan referendos derogatorios el sistema ha fallado y es ahí donde la participación directa sirve como paliativo.

4. Las instituciones importan: con todas sus debilidades, las instituciones han significado un gran avance en la protección de los derechos humanos. Su respeto en tiempos críticos, de Bolsonaro y Trump, es clave. Esto no quiere decir que las leyes que tenemos sean siempre las mejores. Son resultado de contextos históricos y relaciones de poder determinadas, yno están escritas en piedra. Sin embargo, algunas experiencias latinoamericanas recientes sugieren que permitir que el poder político de turno se las salte cuando estamos de acuerdo con los contenidos tarde o temprano sale mal, porque cuando no estamos de acuerdo con los contenidos ya es tarde para detener el proceso de concentración de poder. Valga la Venezuela contemporánea como ejemplo.

Las instituciones crean incentivos, por eso es central pensarlas en sistema, como ecologías de participación. Por dar unpar de ejemplos breves, durante décadas en Japón se utilizó la revocatoria de mandato con frecuencia –la remoción de autoridades– contra políticas específicas, porque las iniciativas ciudadanas reguladas allí eran consultivas, requerían un elevado número de firmas y el voto necesitaba la aprobación parlamentaria. Revocar una autoridad cuando se quiere vetar una política es poco eficiente, es caro y el proceso demasiado largo. De la misma manera, la proliferación de mecanismos consultivos y/o indirectos, como los que han dominado en Brasil, son limitados para otorgar poder a la ciudadanía, abren la agenda, pero no reparten el poder. La autonomía ciudadana es clave para impulsar una participación democrática.

5. Finalmente, la opinión pública no se forma en una tábula rasa: la regulación de mecanismos que den poder a la ciudadanía es central, pero no basta. En tiempos de intolerancia, la deliberación, el intercambio de ideas, el acceso a información completa y plural no pueden subestimarse. Por eso la innovación, por ejemplo con las asambleas ciudadanas sorteadas, puede ser una apuesta ideal para contrarrestar la desinformación. Pero cuidado con perder de vista los objetivos democratizadores por poner demasiado énfasis en lo nuevo. Innovar no es siempre mejorar.

Este será un espacio de debate, intercambio y construcción de saberes rico en experiencias y en diversidad, deseo para todos y todas que podamos aprovecharlo bien.

 

https://oidp.net/es/

https://www.lavanguardia.com/politica/20181126/453178016725/colau-elogia-que-la-ciudadania-se-organice-para-participar-y-defender-el-voto.html

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